La conoci en una noche de Enero. Hacia frio en aquel puente y el sonido de las sirenas y las olas era lo unico con vida cerca de allí.
Vestía un largo abrigo negro, o eso creo. Solo estoy seguro de que era oscuro. Su pelo, suelto, brillaba a la luz de aquel farol que se encendia y apagaba a golpes. Pero la hacia brillar mas que la mayor de las estrellas. Era castaño, del color de la tierra húmeda. Los ojos claros, mojados de haber llorado y los labios rojos y temblorosos, aun suspirando por una pena que desconocía; y aún desconozco. Grises, eran grises, unos ojos mojados y grises del color del suelo que el farol iluminaba. Miraban a algún lugar que ni ella sabia donde estaba, supongo que todavía lo buscaba, un lugar donde posar su mirada y calmar aquella angustia y aquel dolor.
Mientras yo la observaba, callado e hipnotizado, ella seguía con la mirada perdida, hasta que de un salto se soprendió al verme y su suspiro me sacó de mi hipnosis. Me miró entre asustada y paralizada, y se agarró a la varandilla con fuerza, como si fuese a caerse por aquel puente.
Pude ver sus manos: blancas, pequeñas y delicadas. Clavaba sus uñas en el acero como si su vida se fuese con el, y después del suspiro reaccionó.
No creo que pensase que yo era una mano amable que iba a salvarla de sus desgracias, por eso se dio la vuelta y empezó a andar delante mia, deseando perderse en la niebla de aquel invierno. Cuando se empezaba a alejar volvió la vista y me miro con la boca entreabierta y los ojos clavados en los mios. No me observó de arriba abajo ni tembló su mirada, me clavó los ojos y siguió caminando, atenta de no tropezar.
Quise avanzar y seguirla, pero no pude. Me quede alli parado pensando que sólo conseguiría asustarla y hacer que corriese más. No serviría de nada.

Había algo en ella que no consigo quitarme de la cabeza, la sangre en aquella varandilla, con la forma delicada de sus manos, blancas y pequeñas.

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