Diagnóstico de algo crónico

Mi primer síntoma fue allá por 1996 cuando lloré con la crueldad humana por primera vez. El colegio decidió llevarnos a un zoo y, cuando pasamos por la jaula de los monos, yo solamente veía a dos seres casi como yo esperando la siguiente humillación. Una profesora decidió que era una buena idea lanzar piedras a aquellos prisioneros, mientras yo me agarraba a los barrotes y les miraba como si les pidiese perdón en nombre toda la humanidad. Ellos solo ponían sus manos sobre su cara, como lo haría cualquiera de nosotros cuando, sin escapatoria, nos humillasen de 9 a 21h de lunes a domingo, festivos incluidos.

La siguiente vez que noté ese pinchazo en el estómago fue unos años después, no muchos, quizás dos o tres. Cuando, tras muchos déjà vu, dejé de creer a mi abuela cuando al preguntar por los bebés de la gatita, me contaba la historia sempiterna de que se habían ido sin avisar. Sobre todo porque veía a la gata volver, al nido donde los había dejado, y llorar desconsolada durante días.

También noté un dolor fuerte en el pecho cada vez que aparecía por mi colegio un perro solo. Cuando mi primer reflejo era mirar a los lados para ver si venía solo, angustiarme cuando no encontraba a nadie y tenía que irme viendo cómo me miraba.

Lo bueno de esta dolencia es que también te causa alegrías. Recuerdo cómo mi madre, quien me ha traspasado esta enfermedad (congénita), me enseñó a devolver la generosidad que ellos dan. Cuando encontrábamos un pájaro herid y le cuidábamos en casa, con mimos y comida. Y sí, en una jaula, pero para luego soltarlo y verle volar libre, y disfrutar con esos primeros aleteos como si fuesen los míos.

Era en esas situaciones donde me percataba de que lo que yo padecía no lo padecían todos los niños. Porque mi felicidad no era entendida. ¿Cómo va a hacerte feliz dejar escapar a un pajarito tan bonito? Sí, esa felicidad infinita, esa inocencia de una niña, ese amor por la libertad ajena, inspiró el tatuaje que ahora me veo todos los días cuando alzo las manos.

También cuando un perro, al que encuentras al entrar por la puerta de una perrera, que ha sufrido abandonos, bolsas de basura en contenedores, palos en la espalda y patadas en su estómago, te mira con los ojos del ser más inocente del mundo y te desarma por completo. Y te cuenta día a día que es como tú, que no le rescataste, que te rescató él a ti. 
Él te cubre de besos aunque no hayas hecho aún nada para merecerlos. Él te enseña que es como tú, que siente más y mejor que tú, y que no hay mascotas y comida, que todos son lo mismo. Y que el necio es el que se ríe de que tú lo hayas descubierto ya.

Sé que es crónico, porque cada vez que estrenaban una película con animales evitaba verla, por si no acababa bien. Porque, a pesar de que la vida suele curtirte, nunca tuve los suficientes anticuerpos para no taparme la cara al ver un gato en la autopista, para sonreír cuando me invitaban a una casa ajena y un perro estaba atado con una cadena en un rincón con la arena excavada de dormir, comer y malvivir en el mismo metro cuadrado.

Nunca recuperé la salud suficiente para no llorar cada vez que recuerdo a alguno de mis amigos, mal llamados mascotas, esos que se fueron después de darme todo el amor que eran capaces de reunir. Llorarlos incluso más que a las personas.

Y siempre padecí algún mal que me impedía justificar porqué los toros no y la carne sí. Por eso admití el tratamiento, aunque nunca sea 100% efectivo, pero sí me otorga una calidad de vida inmejorable: ser consecuente con lo que pienso. O intentarlo.

No importa las caras de rechazo, las bromas sobre mi plato de comida, los prejuicios de quien nadie ha pedido opinión o las veces que al salir a comer fuera de casa seas la rara que tiene que mirar el menú antes de sentarse, o aclarar que un sándwich con atún no es vegetal.

Ya no me como a quien respeto. 
No me visto con la piel de quien amo. 
No pruebo en el cuerpo de mi semejante lo que quiero para maquillar la mía. 
No mato. 
No humillo.

Sigo enferma, sigue doliéndome todo lo que os cuento, siguen escociéndome el alma Okja, Hachiko, Earthlings, Excalibur, Laika, Margarita...

Pero al menos a los síntomas he borrado desde hace dos años la culpa. 
Y lo que no está en mi mano, ya lo iré cambiando como pueda.

A mi perro, con los ojos marrones más azules

Dicen que la infancia es incalculablemente trascendental en nuestro futuro. Y yo añado que no nos damos cuenta de cuánto hasta que un día nos paramos frente al espejo y echamos la vista atrás.

Mi tío se fue de golpe cuando yo tenía casi nueve años. Me faltaban menos de dos meses. Unos meses antes, en mi comunión, le recuerdo callado y sentado a la mesa, con aquellos ojos azules tan brillantes que nunca me decían nada pero que fueron los que más me hablaron en una familia de silencios y secretos absurdos. Él y yo hablámos sin abrir la boca. Nos entendíamos sin necesidad de explicarnos. Nos cuidábamos sin tocarnos.

Fue en mi comunión cuando me regalaron un peluche que en su etiqueta ponía Trix. Me dormí con él todas las noches de mi vida, pensando que si algún día tenía un perro le llamaría así. Me dormí con él hasta hace cuatro, cuando el de verdad, negro como el peluche que me trajo mi tío de Cuba años antes, llegó a mi vida para cambiarla. Aquel peluche también tenía la barriga blanca. Aún lo conservo.

Mi tío era alguien que no llegué a conocer y en realidad sé exactamente cómo era. Quizás sea difícil de entender que una persona que ha pasado tan solo ocho años y medio en tu vida pueda seguir haciéndote temblar al recordarle con veinte más. Pero Luis no era una persona cualquiera.

A lo mejor la mitad de lo que creo saber de él me lo he ido fabricando con los años, llenando los huecos que creaban las preguntas que no podía resolver ya con él. Pero el hecho es que muchas cosas certeras sobre él, inconscientemente, ahora que me miro al espejo las veo en mí misma.

Mi tío me dejó la hermandad incondicional con un perro, como aquel que dejó muerto de tristeza al irse un abril, y que cuidé hasta que me dejaron como si fuese mi hijo, como haciéndolo en su nombre.

Heredé de él la felicidad de pasear sola, como si conociese mi rumbo pero sin pensar qué camino estoy escogiendo. El amor por la soledad, el uso sabio de los silencios y la rebeldía de no soportar que nadie, por mucho que lleve tu sangre, imponga la ley del silencio y meta los problemas debajo de la alfombra.

Él daba la cara, él era todo lo que no cabía esperar de un Suárez. Él era todo lo que los demás no querían aparentar. Era incómodo, era diferente. No se casó ni literal ni figuradamente con nadie. Vivía su vida, a su manera, era un niño grande que era feliz con patatas fritas. Era esa persona que todos llamaban reservado pero que a mí me contaba todo.

Recuerdo muy pocas cosas de mi infancia pero sin embargo a él lo recuerdo en mil y un momentos. Recuerdo su risa, recuerdo su cara seria que a otra niña le haría tener miedo y a mí me daba paz. Recuerdo cómo elegimos el nombre del perro que trajo mi prima a casa, recuerdo cómo me escondió de ver cómo alguien mataba a una camada de cachorros. Recuerdo cómo a mí nunca me gritó, nunca me habló mal, nunca me negó una sonrisa. Y yo sabía que a otro le hubiese dado un garrotazo.

Recuerdo cómo decían "a Luis no le gustan los niños", pero a mí me llevaba de la mano cada mañana por el monte. Él, un perro y yo. En silencio, sin llenar los vacíos con palabras, nos entendíamos. Sin más.

Nunca más se habló de él. En aquella casa nadie le nombró. Como si nunca hubiese existido. Y ahí aprendí también, aunque no de él, un mal endémico de esta familia: fingir que al no nombrarlo no existe y no duele. Enquistar el dolor, hacerlo parte de uno porque sí, por orgullo y por estupidez. Aprendí que de él y de mi abuelo, como ya no vivían, no se podía hablar. Y me dediqué a hablarle en sueños, donde me guiñaba un ojo mientras le abrazaba, y a escribirle en papeles que luego arrugué.

Cada vez que veo a mi perro a los ojos me acuerdo de él, de aquel oso negro que vino de Cuba y de aquella mañana en la cocina vieja decidiendo si el perro debía llamarse Epi o Blas. De su diplomacia con una testaruda niña de seis años para convencerla de que sería Yackey. Aquella mañana en la que lloré diciéndole que nunca tendría un perro y de cómo me puso la mano en el hombro y me dijo que algún día lo tendría, que encontraría un perro tan solito como él y yo y que entonces debía quedármelo. "E así, tan soliños os dous, nunca estaredes solos".

Y es que, por muy pronto que se vaya la gente, siempre te deja lecciones de vida. A mí, mi tío me dejó el amor por Sabina en cuatro casettes y la pasión por la fotografía en dos álbums de fotos.


Llevo veinte años con un gracias en la boca.

YO DESPUÉS DE NOSOTROS

Decía Nietzsche que cuando miras largo tiempo un abismo, éste se vuelve a mirar dentro de ti. Y eso es lo que me pasó.

Las semanas y los meses contemplando una despedida congelada en humor vítreo acabó por inundarme el pecho. Me caló hasta los huesos aquella distancia, aquel ir y venir de gentes ajenas. Aquel sonido del reloj. Aquella vida sin ti y sin mí.

Fue como si la simple idea de volver a verte fuese una estupidez, como si hubiese un ejército de vida riéndose a carcajadas de mi utopía hecha rutina. Tú hablabas de coraje y yo me había construído un traje de cobarde con mis memorias. El homenaje que menos te merecías pero para el único que fui capaz de prepararme.


ALFA Y OMEGA

Me mantuve firme ante el propósito de negar la realidad. Cuando al recoger los desperfectos de aquel catastrófico portazo, días después, encontré tu firma en mi reflejo.

¿Porqué aquella mancha de carmín iba a durar más que nuestra historia? Aquel beso rojo en el espejo parecía burlarse de mí todas las mañanas. Y yo, personalizando la eternidad de un tú y yo en él, rodeaba cada domingo de limpieza con el paño húmedo tus labios, pensando que mientras ellos no desaparecieran, nosotros estábamos vivos en algún lado.

Ni las flores, ni el sermón, ni las palabras de despedida de los familiares más cercanos. Tampoco la piedra con tu nombre y dos años limitando lo que no se puede limitar. Principio y fin. Nacimiento y muerte. Como si en esos treinta y dos años fuese en los únicos que tus propios amigos te permitirían vivir. Como si después del dos mil dieciséis ya no existieras. Ya no estás. Ya no eres. Se acabó, cerramos paréntesis. Ya se fue.

Me niego a pensar que el olvido, que conseguirlo es conseguir la nada, hiciese de agujero negro a tu paso por el mundo. Me niego a borrar tu carmín de mi espejo, me niego a no pararme frente a él con la mejilla estratégicamente colocada para recibir tu beso cada mañana y cada noche.


Muchacha en la ventana


Yo soy de esas que se sientan a escribir sobre todo. Soy de esas personas que observa el mar y lo describe, que huele la hierba y necesita encontrar las palabras. Soy de esas personas que cuentan historias, que piensan en voz alta. O escrita.

Pero siempre se me ha dado mal imaginar algo nuevo. Quizás me acomodé en la butaca, desde la que observaba pasar las hojas volando y contaba su ruido al crujir bajo un zapato. Pero nunca soplé para hacer volar ninguna.

Hablo de las situaciones, pero no sé provocarlas. Espero a que sucedan y cuento el diálogo de dos imaginados personajes, efímeros, complejos de tan sencillos, que a su manera desgranan los instantes de un momento.
Y creo que fuera del boli y el papel me pasa lo mismo. Me senté de pequeña ante la ventana y sigo esperando, observando, describiendo, desnudando. Pero nunca he intentado levantarme, me dejo llevar para ser la muchacha en la ventana de Dalí, que solo mira y se resigna.

Nunca se me ha dado bien provocar. Y el mundo sigue contándome cómo lo hacen los demás.

Ya no sé cómo se escribe el dolor

Lo único que sé es deshacerme en el viento. Dos años después.
Dos años de silencio y blanco en los papeles. Más de seiscientas noches en las que buscarme la vida para escupir todo lo que me ahogaba sin poder escribirlo. Como si al irte hubieras tirado al mar la llave que libera mis manos y mis ojos.

Ya no me acuerdo cómo se hace. Cómo se desliza mi mano sobre la mesa y cómo duele la pluma clavada en mis dedos, poniendo la fuerza en ella y en lo que cuento. Tampoco soy ahora capaz como antes de correr con los ojos de un lado al otro de las líneas.

Porque me has robado todo. Las ganas y las armas. Ya no sé como escribir sin tí. Y lleno mi habituación y mi vida de bolas de papel arrugadas llenas de intentos inútiles de contarte que no quiero que vuelvas porque te echo de menos.

UNA HISTORIA POR CANCIÓN 71/100

"Yo a ti te dejo pasar como quien aguanta el hambre, como quien vive la lluvia detrás del cristal."

A ti te dejo contarme mi propia historia, y mi futuro. Te lanzo el boli y arrastro a tu lado de la mesa el cuaderno. Tú decides.
Te dejo suicidarme. Te dejo cuidarme cuando tengo miedo de ti. Te lavo las heridas que traes de otras peleas y te abrazo para que no huelas a otras camas.
A ti, del que hablo mal a mis amigos, al que grito antes de que dude si volverás después de este reproche, te dejo decirme que todo va a ir a mejor, como quien oye a un político al otro lado de una pantalla mentir a la cara y no hace nada.
 A ti, solo a ti, te dejo hacer de mi una sábana y de ti un vendaval. Y solo tú sabes qué va a pasar mañana.
Solo te pido que no vuelvas queriendo que regreses.

Para conocer la verdadera historia... {Tiempo de espera - Vanesa Martín}

UNA HISTORIA POR CANCIÓN 70/100

Nothing unusual, nothing's changed, just a little older that's all. You know when you've found it, there's something I've learned 'cause you feel it when they take it away"
No sé qué me dijo cuando le conocí. Ni el motivo de la primera discusión. Tampoco la última. Lo único que recuerdo claramente es todo ese último día. Curioso, ¿no?
Sé que aquel último día desayuné un zumo de naranja. De dos naranjas. Estaba dulce pero con demasiada pulpa. Y tiré por el fregadero el último sorbo. Dos tostadas con queso a las que les quité el borde.
Hubiera vuelto atrás para comerme y beberme cada resto. A recolectar cada rechazo de aquella mañana y abrazarlo fuerte. Como si así algo de él, de su último día, se quedase más tiempo conmigo.
Salí del portal de casa a las 7:56h y bajé la cuesta mirando el cielo con mala cara, amenazándole así por si empezaba a llover.
Sé que el termómetro de la calle indicaba 7ºC y que el reloj de la farmacia, como siempre, estaba adelantado. Sé que tres niños cruzaron conmigo la calle. Que un anciano hablaba con su hijo por teléfono sobre la cuenta del banco.
Que el viento venía del norte, pues hacía bailar los árboles por encima del letrero del estanco. Y sé también que dos furgonetas en doble fila mantenían atascado a un padre con sus dos hijos en un coche gris, camino del colegio.

Puedo recordar cada detalle de todo lo que hice pero soy incapaz de recordar cuántos lunares poblaban su mejilla izquierda. Qué estúpida me siento ahora, que es tarde, por no haberlos contado a tiempo.

Para conocer la verdadera historia {Amie - Damien Rice}

UNA HISTORIA POR CANCIÓN 69/100

"Recuerdo que me arrodillé, recuerdo el número del taxi que condujo hasta el infierno..."

De aquella noche recuerdo el número del portal de enfrente. El número de hojas secas tendidas en la acera como víctimas de un atropello. Las risas de aquellas chicas que bajaban la calle dejando el rastro de perfume a su paso.
Recuerdo cada uno de tus cabellos bailando sobre tus ojos mientras me hablabas. Tengo grabada cada canción que salió de cada ventanilla bajada, de cada radio de cada coche que surcó la carretera, mientras enunciabas tu discurso ensordecedor. Porque creo no haber oído nada.
Me acuerdo del punto exacto en el que dejaste de abotonarte la camisa aquel día. Del número exacto de centímetros de piel que me regalaste.
De las veces que parpadeé y te miré. De la coreografía de tus manos intentando hacerlo menos trágico. De la matrícula del taxi que te dejó en mi portal. Del ritmo de tus pasos al irte. De los segundos que duró tu abrazo.
Tengo mi garganta impregnada de tu colonia y los malditos y dulces recuerdos que trae siempre consigo. Tengo en las manos guardadas las ganas que no demostré. De enganchar tu chaqueta, de acariciar tu mejilla izquierda. De meter mis dedos entre el pelo de tu nuca. De recordarte a tí, amnésico de mi, lo que te gustaba que lo hiciese.

Pero no alcanzo a recordar ni una sola frase tuya de aquella despedida. No soy capaz de hacer nada más que resumir la infinita danza de tus labios durante unos diez minutos en una palabra: adiós. Cinco letras, dos sílabas. Un mundo.
Lo hubiera dado todo por un paréntesis, por un punto y seguido, a parte, por un quizás.¿Sabes? Hubiera soltado mi propio discurso ridículo en busca de limosnas, de besos y prórrogas. Hubiera salido corriendo en busca de las razones que tú no habías encontrado en el rollo de esta película, la hubiera repasado y te los habría regalado.

Pero en cuanto el ruído de tus excusas voló alrededor de nuestras cabezas repitiendo una y otra vez un adiós que retumbaba en las paredes de mi pecho como un eco asesino, ahí, en ese preciso instante, aunque hasta ahora me lo niegue, supe que todo aquello que ahora tengo grabado me recordaba que no eras tú. Que le había puesto el apellido equivocado a mi vida.

Para conocer la verdadera historia... {Noche de verano - Andrés Suárez}

UNA HISTORIA POR CANCIÓN 68/100

“La ciudad parece un mundo cuando se ama a un habitante” 

Y las calles se vuelven testigos del crimen de dejarte ir.
Pero mira que lo intento. Sacar los pinceles y pintar un paisaje diferente. Perfilar el contorno de otra mano agarrando mis desvelos.
 Mira que robo frases a todas las canciones como esta, esperando que me ayuden a entender o a olvidar. Sin entender que buscar es recordar. Y que ya soy experta en encontrar el ayer.


 Para conocer la verdadera historia... {La ciudad parece un mundo - Ismael Serrano}

UNA HISTORIA POR CANCION 67/100

He oído en una canción que “ningún amor muere, solo cambia de lugar en la memoria”. Y he empezado a entender.
A lo mejor lo que me pasa es que estoy recomponiendo mis pedazos, organizando los cajones y las estanterías de lo que vino y se fue, de lo que queda, de lo que ya no sirve, sacando los amores de verano y guardando los abrazos que abrigaban el invierno.
Hasta ahora no entendí porqué me dolían las ausencias que nunca estuvieron. Porqué podía pensarte queriendo a otro. Y porqué en mi habitación olía a dos historias, dos mundos y dos momentos. Ahora empiezo a entender que, aunque te haya dicho lo contrario, no puedo dejar de quererte. Todo aquello se ha reciclado en forma de canciones y fotos, que almacenan todo lo que el corazón y la cabeza no alcanzan.
Y que, aunque creas que has ganado la partida, aún no quiero sus fotos, sus recuerdos y su olor. Aún lo quiero a él sin testigos, sin actas ni firmas. Sin constancia oficial.
Porque lo importante no es a quien no olvidas, sino a quien archiva tu recuerdo.

Para conocer la verdadera historia... {La soledad comienza - Xhelazz}

UNA HISTORIA POR CANCIÓN 66/100

“Tanto hablar del fin que ahora apenas duele...” 

Y aquí estoy. Quizás no lo esperabas. Tal vez sí ¿quién sabe? Yo tampoco sé cómo acabé entre las líneas de este guión improvisado. Eso creo que deberías contármelo tú.
Yo sólo espero a que me cuentes tu plan maestro para terminar con todo, sentada frente a un café que no se enfría y con el que, creía, tendría un aliado entre silencios incómodos, robándole un sorbo que me entretenga cuando no sepa qué decirte.
 Ben Howard va contándole al público presente por el hilo musical cómo los recuerdos son lo mejor que hemos tenido. Y las mangas de mi camisa siguen dobladas, sin darme tampoco pretexto con el que interrumpir el debate de miradas que vas ganando por goleada indiscutible.
Siempre he odiado la manera que tienes de hacerlo, mirarme sin parpadear, sin miedos ni vergüenza. Con el poder suficiente para que me tiemblen los párpados y no sepa escucharte y mantener el duelo a la vez. 

Dímelo ya, hemos quedado para no volver a hacerlo jamás. Cerrar las puertas, coser las heridas. Tú lo ves como la simple sutura de un corte superficial. A mí se me cae la sal en las llagas y se me clava el filo de la navaja cada vez más hondo.

Y lo peor es no saber odiarte. No saber buscarte las cosquillas y buscar la mejor de mis respuestas, porque intento aplacarte. Lo peor es cuando solo sabes sonreírme. Haciendo de esto algo natural. Del hecho de haberme mentido, haberme embaucado. Haber sacado del cajón todas las plumas con las que suelo escribir. Hacer que agote la tinta en papeles que acabaron arrugados en la papelera de otra. Otra que ya estaba, que siempre estuvo ahí. Contarme que los bosques de noche son tristes sin mí, dormirte con ella después.

Al final simplemente supe quedarme con un libro en la mesilla, dos servilletas usadas de algún bar que visitamos, fotos que nunca se revelarán. Rellanos con tu olor.
Puede que haya perdido la partida, que no volvamos siquiera a jugar. Pero mi premio de consolación, la arena en mis zapatos, para mí es la marca de guerra que necesitaba para no volver a tropezar. No me encariñaré con una piedra como tú. Nunca. Nunca más.
Tanto hablar del fin que ahora apenas duele...

Para conocer la verdadera historia... {Noches reversibles - Love of lesbian}

UNA HISTORIA POR CANCIÓN 65/100

- La lluvia pasó y ha dejado su olor en la tierra... 
- ¿Y que vas hacer? 
- Volver a ser el que era 

 Aunque las cicatrices ya no puedan maquillarse. Aunque a las alfombras no se le puedan sacudir las arrugas invisibles del recuerdo. Aunque las luces apagadas llenen de tu luz el silencio y los olores de la habitación.
Intentaré ser el que era aunque ahora que tras romperme me he vuelto a montar, me sobren piezas. Algunas que nunca supe para qué servían y que funcionaron solo cuando apareciste aquí, activando todos los resortes.
 Volveré a acostumbrar las manos al bolsillo, y los ojos a observar más allá de mi costado cuando camine por esta inmensa ciudad. A sentarme en un cine sin buscar cobijo en la otra butaca, sin ver en sus frases nuestros vacíos.
Volver a ser el que era, reconstruirme tras la guerra.

Para conocer la verdadera historia {Palos de ciego - Izal}

UNA HISTORIA POR CANCIÓN 64/100

“Al final iré a Roma sin ti, no verán nuestros hijos la luz. No seré nada más para ti que una sombra de lo que fui. Al final nuestra canción no será la definitiva canción de amor”.

Al final va a resultar que no somos los protagonistas de ningún libro. Ni las derrotas le duelen a nadie más que a ti y a mi. Al final va a resultar que nuestros besos son unos besos más y tus reproches tan solo palabras que se diluirán entre el ruído de esta ciudad.
Al final va a ser que nos hemos sentido los héroes de una hazaña inexistente. Y que este adiós no le importa al mundo. Que es normal que no se pare nadie a preguntar porqué a nuestra ventana ya no asoman risas y que los parques sigan llenos de olor a vida y de manos que se entrecruzan los dedos sin culpabilidad. Al final va a resultar que lo nuestro no era una gran historia de amor para nadie más que para nosotros.
Y haremos nuevas cosas, viajaremos, tendremos planes, compraremos flores para otros y nos daremos cuenta de que hay más manos entre las que romper unas medias. Que el adiós es intemporal y que lo que uno siempre cree previsible se vuelve una hipótesis más, en medio de un mar de casualidades.
Porque el final (de algo) y el principio (de otra cosa) están realmente en el mismo punto.

Para conocer la verdadera historia {Al final - Fran Fernández}

¿Quién soy?

Si me preguntan quién soy no sé de qué “yo” tendría que hablar.
Según mi madre soy la desordenada, la miedosa y la que acabará sola por inaguantable. Según mi padre, todavía peor, ni siquiera sé quien soy.
Una profesora que se llenaba de pegatinas de colores la cara me dijo que soy una de esas personas que nunca avanzará. Que se sale por fuera al pintar y que no sabe jugar sin ensuciarse. Según un profesor de matemáticas, soy la insegura. Según aquel de gimnasia, nunca correré una maratón.
Según una niña del parque que tenía once años cuando yo tenía seis, nunca aprendería inglés. Según el niño que traía la pelota todas las tardes a la pista, nadie me elegiría nunca en ningún equipo. Según mi profesor de Taekwondo, soy egoista. Y según la psicóloga, poco sociable.
Según aquel cura que movía la babilla de labio en labio cuando daba misa, mi ateísmo me traerá problemas. Según algunos soy una más sin nada especial. Según otros muchos demasiado particular.

 Tan solo sé que la terquedad me ha traído valentía. Que he sabido colorear por dentro y que ensuciarse es parte del juego. Que he firmado segura muchos proyectos, que me gusta correr si hay algo ante mí y que I speak english better than you, bitch. You''ll be with your loneliness right now.
Que me han elegido millones de veces en muchos tipos de equipos y que dejé taekwondo por no dejar a mi equipo de ajedrez tirado. Que regalo mi tiempo y no pido nada a cambio.
 También sé que los psicólogos nunca se han tomado una copa ni se han reído conmigo a las seis de la mañana en un portal. A aquel cura sé que defender su fe le habrá traído más problemas que a mí. El ateísmo nunca le ha arrancado los miembros a nadie por pensar.
 Y sí, lo sé. No soy nada especial... porque soy del todo particular. Como cualquier otra.

 No sé bien qué quieren que cuente de todo esto cuando preguntan cómo soy. Porque quizás soy una mezcla de todos ellos o, mejor dicho, de lo que todos me han hecho creer.
Me han maquillado con tantas otras personas el cuerpo que ya no sé cuando hablo yo o el disfraz.