Los hijos que nunca tuvimos



les arropo cada noche en mi cama.
Les cuentos de nuestras ciudades conquistadas,
a esas a las que nunca fui contigo.

A ellos no puedes decirles que la revolución es utopía.
Diles, si tienes valor, que el amor desaparece y se recicla.
Diles a ellos a qué sur bajo ahora buscando el norte,
como entonces peregrinaba hacia ti.
Cuéntale a ellos que fui tu sábana
y tú un puto vendaval.
Diles a ellos qué cable corto,
cómo te desactivo.

Quizás esos críos tendrían el plan maestro
de cómo se resetea una vida planeada.
No sé, quizás solamente sean un cuento más,
una de las historias que me encanta inventarme
para no esperar a que llegue la mía,
por si no me gusta y entonces es tarde.

A nuestros niños, al proyecto de una vida contigo,
les cuento que eres el fantasma del futuro,
la canción de todo lo que nunca cumplimos.
Les cuento, cada noche, muy bajito, al oído,
que cuando venga el invierno por nosotros
los recuerdos serán lo mejor que tuvimos.

Diagnóstico de algo crónico

Mi primer síntoma fue allá por 1996 cuando lloré con la crueldad humana por primera vez. El colegio decidió llevarnos a un zoo y, cuando pasamos por la jaula de los monos, yo solamente veía a dos seres casi como yo esperando la siguiente humillación. Una profesora decidió que era una buena idea lanzar piedras a aquellos prisioneros, mientras yo me agarraba a los barrotes y les miraba como si les pidiese perdón en nombre toda la humanidad. Ellos solo ponían sus manos sobre su cara, como lo haría cualquiera de nosotros cuando, sin escapatoria, nos humillasen de 9 a 21h de lunes a domingo, festivos incluidos.

La siguiente vez que noté ese pinchazo en el estómago fue unos años después, no muchos, quizás dos o tres. Cuando, tras muchos déjà vu, dejé de creer a mi abuela cuando al preguntar por los bebés de la gatita, me contaba la historia sempiterna de que se habían ido sin avisar. Sobre todo porque veía a la gata volver, al nido donde los había dejado, y llorar desconsolada durante días.

También noté un dolor fuerte en el pecho cada vez que aparecía por mi colegio un perro solo. Cuando mi primer reflejo era mirar a los lados para ver si venía solo, angustiarme cuando no encontraba a nadie y tenía que irme viendo cómo me miraba.

Lo bueno de esta dolencia es que también te causa alegrías. Recuerdo cómo mi madre, quien me ha traspasado esta enfermedad (congénita), me enseñó a devolver la generosidad que ellos dan. Cuando encontrábamos un pájaro herid y le cuidábamos en casa, con mimos y comida. Y sí, en una jaula, pero para luego soltarlo y verle volar libre, y disfrutar con esos primeros aleteos como si fuesen los míos.

Era en esas situaciones donde me percataba de que lo que yo padecía no lo padecían todos los niños. Porque mi felicidad no era entendida. ¿Cómo va a hacerte feliz dejar escapar a un pajarito tan bonito? Sí, esa felicidad infinita, esa inocencia de una niña, ese amor por la libertad ajena, inspiró el tatuaje que ahora me veo todos los días cuando alzo las manos.

También cuando un perro, al que encuentras al entrar por la puerta de una perrera, que ha sufrido abandonos, bolsas de basura en contenedores, palos en la espalda y patadas en su estómago, te mira con los ojos del ser más inocente del mundo y te desarma por completo. Y te cuenta día a día que es como tú, que no le rescataste, que te rescató él a ti. 
Él te cubre de besos aunque no hayas hecho aún nada para merecerlos. Él te enseña que es como tú, que siente más y mejor que tú, y que no hay mascotas y comida, que todos son lo mismo. Y que el necio es el que se ríe de que tú lo hayas descubierto ya.

Sé que es crónico, porque cada vez que estrenaban una película con animales evitaba verla, por si no acababa bien. Porque, a pesar de que la vida suele curtirte, nunca tuve los suficientes anticuerpos para no taparme la cara al ver un gato en la autopista, para sonreír cuando me invitaban a una casa ajena y un perro estaba atado con una cadena en un rincón con la arena excavada de dormir, comer y malvivir en el mismo metro cuadrado.

Nunca recuperé la salud suficiente para no llorar cada vez que recuerdo a alguno de mis amigos, mal llamados mascotas, esos que se fueron después de darme todo el amor que eran capaces de reunir. Llorarlos incluso más que a las personas.

Y siempre padecí algún mal que me impedía justificar porqué los toros no y la carne sí. Por eso admití el tratamiento, aunque nunca sea 100% efectivo, pero sí me otorga una calidad de vida inmejorable: ser consecuente con lo que pienso. O intentarlo.

No importa las caras de rechazo, las bromas sobre mi plato de comida, los prejuicios de quien nadie ha pedido opinión o las veces que al salir a comer fuera de casa seas la rara que tiene que mirar el menú antes de sentarse, o aclarar que un sándwich con atún no es vegetal.

Ya no me como a quien respeto. 
No me visto con la piel de quien amo. 
No pruebo en el cuerpo de mi semejante lo que quiero para maquillar la mía. 
No mato. 
No humillo.

Sigo enferma, sigue doliéndome todo lo que os cuento, siguen escociéndome el alma Okja, Hachiko, Earthlings, Excalibur, Laika, Margarita...

Pero al menos a los síntomas he borrado desde hace dos años la culpa. 
Y lo que no está en mi mano, ya lo iré cambiando como pueda.

A mi perro, con los ojos marrones más azules

Dicen que la infancia es incalculablemente trascendental en nuestro futuro. Y yo añado que no nos damos cuenta de cuánto hasta que un día nos paramos frente al espejo y echamos la vista atrás.

Mi tío se fue de golpe cuando yo tenía casi nueve años. Me faltaban menos de dos meses. Unos meses antes, en mi comunión, le recuerdo callado y sentado a la mesa, con aquellos ojos azules tan brillantes que nunca me decían nada pero que fueron los que más me hablaron en una familia de silencios y secretos absurdos. Él y yo hablámos sin abrir la boca. Nos entendíamos sin necesidad de explicarnos. Nos cuidábamos sin tocarnos.

Fue en mi comunión cuando me regalaron un peluche que en su etiqueta ponía Trix. Me dormí con él todas las noches de mi vida, pensando que si algún día tenía un perro le llamaría así. Me dormí con él hasta hace cuatro, cuando el de verdad, negro como el peluche que me trajo mi tío de Cuba años antes, llegó a mi vida para cambiarla. Aquel peluche también tenía la barriga blanca. Aún lo conservo.

Mi tío era alguien que no llegué a conocer y en realidad sé exactamente cómo era. Quizás sea difícil de entender que una persona que ha pasado tan solo ocho años y medio en tu vida pueda seguir haciéndote temblar al recordarle con veinte más. Pero Luis no era una persona cualquiera.

A lo mejor la mitad de lo que creo saber de él me lo he ido fabricando con los años, llenando los huecos que creaban las preguntas que no podía resolver ya con él. Pero el hecho es que muchas cosas certeras sobre él, inconscientemente, ahora que me miro al espejo las veo en mí misma.

Mi tío me dejó la hermandad incondicional con un perro, como aquel que dejó muerto de tristeza al irse un abril, y que cuidé hasta que me dejaron como si fuese mi hijo, como haciéndolo en su nombre.

Heredé de él la felicidad de pasear sola, como si conociese mi rumbo pero sin pensar qué camino estoy escogiendo. El amor por la soledad, el uso sabio de los silencios y la rebeldía de no soportar que nadie, por mucho que lleve tu sangre, imponga la ley del silencio y meta los problemas debajo de la alfombra.

Él daba la cara, él era todo lo que no cabía esperar de un Suárez. Él era todo lo que los demás no querían aparentar. Era incómodo, era diferente. No se casó ni literal ni figuradamente con nadie. Vivía su vida, a su manera, era un niño grande que era feliz con patatas fritas. Era esa persona que todos llamaban reservado pero que a mí me contaba todo.

Recuerdo muy pocas cosas de mi infancia pero sin embargo a él lo recuerdo en mil y un momentos. Recuerdo su risa, recuerdo su cara seria que a otra niña le haría tener miedo y a mí me daba paz. Recuerdo cómo elegimos el nombre del perro que trajo mi prima a casa, recuerdo cómo me escondió de ver cómo alguien mataba a una camada de cachorros. Recuerdo cómo a mí nunca me gritó, nunca me habló mal, nunca me negó una sonrisa. Y yo sabía que a otro le hubiese dado un garrotazo.

Recuerdo cómo decían "a Luis no le gustan los niños", pero a mí me llevaba de la mano cada mañana por el monte. Él, un perro y yo. En silencio, sin llenar los vacíos con palabras, nos entendíamos. Sin más.

Nunca más se habló de él. En aquella casa nadie le nombró. Como si nunca hubiese existido. Y ahí aprendí también, aunque no de él, un mal endémico de esta familia: fingir que al no nombrarlo no existe y no duele. Enquistar el dolor, hacerlo parte de uno porque sí, por orgullo y por estupidez. Aprendí que de él y de mi abuelo, como ya no vivían, no se podía hablar. Y me dediqué a hablarle en sueños, donde me guiñaba un ojo mientras le abrazaba, y a escribirle en papeles que luego arrugué.

Cada vez que veo a mi perro a los ojos me acuerdo de él, de aquel oso negro que vino de Cuba y de aquella mañana en la cocina vieja decidiendo si el perro debía llamarse Epi o Blas. De su diplomacia con una testaruda niña de seis años para convencerla de que sería Yackey. Aquella mañana en la que lloré diciéndole que nunca tendría un perro y de cómo me puso la mano en el hombro y me dijo que algún día lo tendría, que encontraría un perro tan solito como él y yo y que entonces debía quedármelo. "E así, tan soliños os dous, nunca estaredes solos".

Y es que, por muy pronto que se vaya la gente, siempre te deja lecciones de vida. A mí, mi tío me dejó el amor por Sabina en cuatro casettes y la pasión por la fotografía en dos álbums de fotos.


Llevo veinte años con un gracias en la boca.